Sebastián Bouzada y la energía que se ve

Sebastián Bouzada vive en la casa familiar de calle Ambrosetti, en la cima de una cuesta, muy cerca del Thompson, donde la ciudad muestra sus matices: la cercanía del paisaje idílico del río con algunas casas vistosas y en la misma zona, también, cuadras angostas de viviendas abandonadas de cualquier progreso. Conoce el barrio desde siempre. Y conoce la ciudad.

Tiene 34 años y es padre de dos hijos: Justino, de 8 años y Juana, de 4. A la edad de su niño, jugaba a la pelota en Don Bosco y un poco después en Palermo. También hizo hockey en el Paraná Rowing Club y se volcó a los deportes náuticos ya entrada la adolescencia. La vida en el río, tan cerca de casa, vino también con pesca, salidas en lancha y ese folclore del atardecer.

El relato de su transcurrir que no incluye datos e historias de la empresa que integra, va perdiendo rápido el espacio con este asunto que lo gana, se ve, con mucha naturalidad. Lo que se define como pasión. Sebastián Bouzada tiene mucha información y un orden didáctico para presentarla. Puede explicar, para que entienda cualquiera, la producción de un remedio oncológico. Y puede explicar también, paso a paso, el desarrollo del emprendimiento más reciente de la familia empresaria: Pondesur S.A. Lo hace con altas dosis de rigor y entusiasmo. La energía se ve.

EL CAMINO.

Cuando finalizó el secundario, Sebastián se fue a estudiar agronomía. Lo hizo durante cuatro años. Antes del último tirón, sin embargo, lo convocó el desafío de una tarea relevante en Eriochem S.A, la empresa fundada por su padre, Antonio Bouzada y reconocida a nivel mundial.

Entre sus productos, el laboratorio comenzaba a desarrollar en 2007 una medicina contra el cáncer que tenía un ingrediente esencial, con origen en una planta: la vinca rosea. La firma tenía once hectáreas en Lavalle, Corrientes. Y en ese lugar empezó a trabajar Sebastián Bouzada para hacerse cargo de la producción de la vinca, pero también de su procesamiento  en la planta fitoquímica, con objeto de conseguir dos alcaloides que hacen falta.

“Un lote de vinca tenía 3000 kilos. Y de lo que procesábamos, nos quedábamos con un kilo que se llama VYC. La planta tiene más de 130 alcaloide, se purifica y se purifica para quedarnos solo con dos: vindolina y catarantina”, explica Sebastián.

El nivel de complejidad de la tarea resultó una experiencia extraordinaria. “El laboratorio trabaja bajo normas GMP, por lo que tenés que seguir determinados procedimientos hasta en el modo de lavarte las manos”, ejemplifica.

DOS CAMINOS.

Antonio Bouzada es abogado, pero ya a los 30 años decidió emprender más allá de su profesión y se dedicó a la industria farmacéutica, aunque también afrontó proyectos agrícolas y ganaderos. Los hermanos mayores de Sebastián son abogados, pero él adoptó la otra faceta que venía de alguna manera en la herencia genética. Le interesaba, especialmente, los asuntos de la producción, vinculados al campo y, en particular, al agregado de valor.

La familia Bouzada se dedicó a la producción en Seguí, después en Aranguren, hasta que adquiere en la zona de Victoria unas 800 hectáreas que pasarán a constituir la empresa San Fernando S.A. Ya más cerca de 2010 la misma firma comienza a trabajar en el negocio del cerdo y a organizar un proyecto en ese sentido. En ese plan, se compromete a fondo el menor de los Bouzada.

“Me puse a cargo de eso sin dejar el laboratorio. Lo que intentamos hacer no fue un proyecto que se quede en la producción del animal, la idea era llegar con un local o una parte de la fase industrial, con un producto de marca propia, intentando darle valor agregado a nuestra producción agropecuaria. En definitiva, dejar de mandar a puerto soja y maíz y producir proteína cárnica”, define Sebastián.

Su actuación en el sector porcino es muy visible. Bouzada está en la  Cámara de Productores Porcinos de Entre Ríos desde el minuto cero y es una de las voces más sonoras en ese ámbito. Maneja información, conoce las necesidades de toda la cadena y tiene una visión respecto al horizonte que debe seguir el negocio.

“Hay que aprender mucho de los polleros, del modo en que han trabajado. Hoy, en Argentina, se están consumiendo 17 kilos de cerdo por habitante. Para el 2022 se van a estar consumiendo 21 o 22 kilos. Con el consumo interno nos vamos a ir acomodando, pero no hay que perder el foco de que en algún momento hay que llevar producción afuera. Hoy la incidencia de la exportación es nula, algo de menudencia, 7000 kilos años”, analiza.

Ya en 2015 comenzó el desarrollo en infraestructura de lo que hoy es Pondesur S.A. En asociación con las cooperativas de Aranguren y Seguí, se avanzó en la instalación de una planta de desposte y de elaborado y ya se está por arrancar con dos carnicerías, con fletes propios y la adquisición de camiones térmicos. Sebastián es el presidente de Pondesur S.A.

“Cada cooperativa tiene un director asignado y la idea es trabajar en el consenso. Se trabaja muy bien con dos cooperativas y esto no es lo habitual”, dice Sebastián y a la vez evalúa que  “si no nos asociamos, sino buscamos escala y volumen, competir contra el nivel de importaciones va a ser imposible. El sector industrial cárnico tiene que tener una meta en el mediano plazo que es la exportación y ahí necesitas escala, volumen y calidad”.

FAMILIA EMPRESARIA.

“Me gusta formar equipos de laburo, hacerme cargo de proyecto nuevos”, dice Sebastián y analiza su desarrollo en el marco de una empresa familiar, con sus particularidades y sus matices. “Pasar de empresa familiar a familia de empresas, que no es lo mismo, es un desafío, pero está bueno porque podes laburar de otra forma, mas desestructurada y más divertida”.

Valora en especial que su padre “armó un grupo de empresas de la nada”. Y en definitiva cree que  “es una suerte poder contar con estas oportunidades”, aunque sostiene que “dentro de la empresa podés ser hijo pero no te va a regalar nada y eso a la vez te sirve para tener los pies en la tierra”.

Existe en ocasiones, admite Sebastián, visiones contrapuestas con su padre, que tienen que ver con un enfoque generacional, pero persiste siempre la idea de encontrar en ese debate algún puerto. Un lugar común. “Mi viejo tiene una visión sorprendente, a veces tenés discusiones, pero intentamos que lleven a algo, aunque generalmente a la larga te das cuenta que tenía razón. Se busca un consenso”.

Sebastián cree en el camino hecho, pero más aún en el horizonte de las cosas en plena construcción. De ahí el entusiasmo y la energía que se ve. “Mi corazón y mi visión están en hacer andar esto que comenzamos”, dice.